Belleza masculina

La búsqueda, en ocasiones descarrilada y obsesiva, por alcanzar la belleza física es algo que a la inmediatez tendemos a relacionar con la actitud femenina. ¿Qué acaso  la naturaleza les dio esa exclusividad de poseer la belleza?, y ¿le otorgó al hombre la encomienda de preservar las tan afamadas tres “f” (feo, fuerte y formal)?. Si bien puede decirse que la belleza existe, pues todo tiene su lado bello y su no tan bello, ésta no habría de pertenecerle celosamente a un solo sexo. Eso es tan absurdo como creer que le pertenece a un solo hombre o a una sola mujer. Propiamente,  la belleza en el hombre no es el tema del que más se hable en las reuniones, aunque no se niega en la sociedad. El hombre tiene también lados claramente estéticos (más allá de atributos sexuales), por ende no es descabellado hablar de una, digamos, belleza masculina.

Belleza masculinaExisten rostros sin embargo, en los cuales lo bello pareciera no diferenciarse lo masculino de lo femenino, o viceversa, como si respondieran a un unísono de la belleza. No obstante hay rasgos generadores de atracción que no responden de igual manera al hombre y a la mujer. No es lo mismo halagar con la expresión “mujer bonita” a “joven hermoso”. En tanto al rostro, las facciones de la mujer, con sus contrastes, vuelven a este un tanto más dulces y femeninas. Los ojos de la mujer se procuran más grandes,  almendrados y elevados en sus extremos, con cejas más finas, arqueadas y acusas.  Lo ojos son pues un detonante natural de lo identificado como femenino. Otro aspecto que marca pautas en la diferenciación, es lo asociado a “la cantidad de bello”. Pese a que en ocasiones la genética no ayude mucho, el hombre y la mujer han encontrado maneras de modificar estas características.

Hace no mucho el perfil de belleza masculina le exigía a éste, en la mayoría de los casos, ausencia de vello en el rostro. Dato que en fechas actuales ha ido palpablemente cambiando. De la antigua predilección de una barbilla sin bello, se ha ido tendiendo a una aceptación y agrado por éste. La barba se está volviendo un toque sensual, más que una moda, haciendo contraste entre el rostro femenino y masculino.

 Así como en la mujer la cadencia trasforma su cuerpo dándole suavidad, en el hombre destaca la fortaleza manifestada en dureza  y tensión de específicas articulaciones y músculos, que conducen sensaciones en la mujer y le hacen ver en él aires de vigorosidad. Ciertos huesos tampoco se salvan de ser causantes de provocación. Estos son algunos de los rasgos que pertenecen a la belleza masculina en tano a su cuerpo, pero si buscamos exactitud, los fetiches masculinos no podrían escasear, sería complicado generalizar.

Las descripciones físicas claras que cada mujer podría dar para hacer que un rostro satisfaga su imaginación, y responda a sus estándares de belleza masculina serían a lo sumo variadas. Habría que incluir tonos, de piel, de ojos, de cabello y peinados, formas exactas de bocas o narices, dando apertura a una infinidad de posibilidades. Incluso basta decir que una misma mujer puede cambiar su estereotipo constantemente a lo largo de su vida, eso se advierte. Pero entonces, ¿Dónde queda la belleza del hombre si se pierde el perfil en la inmensa variedad de gustos?

Hay algo que acompaña mejor que una prenda o un accesorio. Es un aura, cierta gracia que se desenvuelve en la confianza al caminar, sonreír o hablar, y que no se oculta. Es cierta actitud, que también se observa en la mirada, distinguida y atrayente, inclusive a veces extraña, que al depender de los ojos, o de la mente, del observador podemos nombrar como encanto o sensualidad (incluso sin movimientos, en lo estático se vuelve un porte). Es verdaderamente esta confianza reflejada, ese estilo casual, el que hace las veces de imán a las mujeres. Es entonces que la belleza masculina no se acoge en lo fino y delicado como en lo genuino y espontaneo, radica no en los cánones de perfección sino en la simetría individual no forzada,  y en la gracia de movimientos que no es necesariamente lo rítmico y forzado sino lo natural y esporádico, nadie dijo que la “torpeza” no tuviera cierta gracia, ni que en el hombre no habitara la belleza.